BAILE Festival de Jerez 2020. Ballet Nacional de España, ‘Invocación’

Festival de Jerez 2020. Ballet Nacional de España, ‘Invocación’ [reseña, fotos y vídeo]

La compañía pública clausuró la décimo cuarta edición con el estreno del primer programa dirigido por Rubén Olmo, que incluye piezas propias, 'Eterna Iberia' de Antonio Najarro y 'De lo flamenco' de Mario Maya

Memoria y desafío


por Silvia Calado Olivo para Globalflamenco.com
fotos © Javier Fergó / Festival de Jerez


La diversidad ha sido la tónica dominante de este Festival de Jerez 2020 que invitaba al salto al vacío. Y, sí, han sido algunos los valientes que han salido de sus elogiadas zonas de confort para insuflar nuevas vidas al hecho flamenco. Lo interesante es que eso sucede sin cortar los hilos que vinculan lo presente con su pasado, con sus pasados. ¿Que de dónde venimos? Pues dejemos que, a modo de conclusión, el Ballet Nacional de España nos lo cuente. Que nos dé su versión.

‘Invocación’, el programa con el que se estrena el director Rubén Olmo al frente de la compañía pública estatal deja atrás la alentadora creatividad de la ‘Electra’ que su antecesor encargara a Antonio Ruz, para volver al historicismo (con sus irremediables toques de fantasía). Y lo plasma en dos partes. La primera se compone de dos piezas de estreno firmadas coreográficamente por Olmo y musicalmente por Manuel Busto; más la ‘Eterna Iberia’ con la que se despidiera del cargo Antonio Najarro. Con su obertura orquestal a telón cerrado, ‘Invocación bolera’ se ofrece como una nostálgica estampa sepia de palillo, zapatilla, estampa, simetría y conjunto. De inspiración granaína, ‘Jauleña’ es el solo del director, Premio Nacional de Danza 2015 y ex integrante del BNE, explicado la víspera como la transición y la intersección entre los estilos dancísticos nacionales aquí convocados: bolera, estilizada y flamenco. Con un amplio desarrollo dancístico. Con su deslumbrante capacidad técnica. Con su personal expresividad corporal.

Y vuelta a lo grupal. ‘Eterna Iberia’, basada musicalmente en la composición encargada a Manuel Moreno-Buendía por Antonio Ruiz Soler en 1959, es la plasmación de la visual impronta de Najarro para la danza española estilizada. La pieza, con cinco movimientos, hace prevalecer al colectivo frente al individuo, con la salvedad de la valerosa farruca solista de Eduardo Martínez. Lo demás -‘Burlesca’, ‘Danza festiva’, ‘El amor doliente de Ronda’, ‘Danza con brío’- es un hipnótico trenzado de colores y movimientos, pasos, capas, sombreros, castañuelas. Un caleidoscopio de pasos y mudanzas, vestidos y movidos para la retina. Técnico, marcial, porcelánico, acuático, sedoso, bonito. Para tres decenas y pico de bailarines y bailarinas, de las que, seguro, emergerán futuras estrellas si el BNE sigue cuidando ser cantera. Epatante, sí o sí. Y al deslumbrado público se le dan unos minutos de respiro.



A la vuelta, el homenaje a Mario Maya. Olmo lo ha hecho rescatando ‘De lo flamenco’, la obra con la que se estrenó, bajo la batuta del recordado maestro cordobés-granadino, la Compañía Andaluza de Danza (devenido en Ballet Flamenco de Andalucía cuando lo regentara Cristina Hoyos). Y, curiosamente, contiene algunos fragmentos que el propio Maya repusiera en este mismo escenario en el Festival de Jerez 2004, a modo de presentación del Centro Flamenco de Estudios Escénicos que, con tanta ilusión y cabeza montó (sin lograr hacerlo perdurar) en La Chumbera. Lo llamó ‘Un, dos, tres, faaa’, como uno de los mágicos estribillos de su partner musical Diego Carrasco. Y aquí lo vimos entonces, con su viveza, atrevimiento y luz original, y sus tres especiales invitados: Belén Maya, Rafaela Carrasco y Alejandro Granados. Dieciséis años hace de eso. Y no se borran sus huellas.

Las que ahora sigue el ballet son las que dejara impresas en el homólogo andaluz. Y, por cierto, no es el primer trasvase de repertorio entre ambas formaciones, que ya compartieran, por ejemplo, ‘La leyenda’ de José Antonio. El director ha querido ser fiel y riguroso contando, para ello, con colaboradores del maestro como Manolo Marín (autor de la emblemática coreografía ‘Cinco toreros’), Manuel Betanzos y Francisco Velasco, así como sus discípulas Rafaela Carrasco e Isabel Bayón, aportando a la revisión sendas coreografías de estreno: la primera, ‘Romance del emplazado’; y la segunda, el sólido taranto que interpreta la solista invitada Esther Jurado. Y sí, ahí están revividas ‘Oliva y naranja’, ‘Silbo de la llaga perfecta’, ‘Nana de colores’, ‘Quisiera ser’, ‘Valparaíso’, ‘Suelta el pavo’ y ‘Undibel’. Con su lejana modernidad, tan referida, tan influidora. Con su perfeccionismo, su lorquianismo y su revolución. Con su incaducable frescura, tan flamenca, tan consciente. Y, claro, sin escatimar en recursos, ni en trajes, ni en luces, ni en personal (dentro y fuera de las tablas).

Lo que no sabemos  es si, más allá de sus montajes, calarán sus hondas reflexiones, sus posturas incómodas, sus comprometidos mensajes. Los que están escritos, acaso, en el desplegable de mano. Mario Maya: “El arte no es una memoria ritualizada. El arte es una concepción de la vida y un desafío simbólico del hombre. Compás más grito o grito al compás”. Y, a pesar de la saturación estética de las dos últimas horas, sólo tengo ojos para verlo leyendo su potente carta de intenciones, con sus novísimos pupilos sentados a su aldededor, vestidos de ensayo, en el suelo del Teatro Villamarta, hace dieciséis años. Sólo puedo retener su palabra… y pensar no en la memoria, sino en el desafío. Que es lo que falta.


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