ESPECIALES “Flamenco Trane”, David Liebman & Guillermo McGill Group

“Flamenco Trane”, David Liebman & Guillermo McGill Group [reseña y fotos]

"Lo espiritual", reseña firmada por Silvia Calado Olivo del estreno en el ciclo Jazz en Noviembre 2018 en el Teatro Central de Sevilla del tributo a John Coltrane ideado por Guillermo McGill junto a artistas flamencos como Ana Salazar, Belén Maya y Juan Diego Mateos

Lo espiritual

por Silvia Calado Olivo para Globalflamenco.com
fotos © Óscar Romero


Flamenco Trane, Guillermo McGill Group (Foto © Óscar Romero)

Ahora que tanto (y tan superfluamente) se debate en este pequeño pero ilimitable mundo nuestro -el del flamenco, me refiero- sobre lo inapropiado de la “apropiación cultural”, recibimos con especial gratitud y profundo alivio propuestas tan abiertamente transculturales como ‘Flamenco Trane’. Porque, sencillamente, la música no es apropiable: es tan de todos como el aire que nos permite respirar. ¿Se apropió Coltrane del flamenco cuando publicó ‘Olé’ en 1961? Pues no. Tampoco lo hizo Miles Davis un par de años antes con su ‘Sketches of Spain’. Y mucho menos lo hace ahora Guillermo McGill cuando le rinde al mítico saxofonista norteamericano un híbrido tributo que sólo puede ser fruto de una suprema admiración. El músico de origen uruguayo, cuya trayectoria ha transitado fluidamente entre el jazz y el flamenco, estrenó en el ciclo Jazz en Noviembre 2018 del Teatro Central de Sevilla (ciudad en la que actualmente reside) un concierto más allá de lo musical. Tratándose de Coltrane, no podía ser de otro modo. Fue el músico que, según escribió su batería, Elvin Jones, en el prólogo del libro sobre ‘A love supreme’ de Ashley Kahn, “amplió el concepto de lo que era la música. Es completamente espiritual”.

Flamenco Trane, Guillermo McGill Group (Foto © Óscar Romero)

Y lo que hace McGill es tratar de aproximarse a tan inaprensible estado (del ser) conjugando, con el legado musical de Trane personificado en el maestro saxofonista David Liebman, personalidades y expresiones artísticas afines. El jazz, el flamenco, la poesía (de Jon Andión), el cante (con letras de Luz Valenciano), la voz, la danza, el teatro de Juana Casado, la luz de Dominique You… se unen en un todo escénico-musical para, como escribe el propio McGill en su lúcida sinopsis, “rendir homenaje a uno de los seres humanos más completos, profundos y generosos que han pasado por este mundo”. Por delante, puso su propia palabra en off. Enseguida, la música creó el oportuno clima. Y una plena Ana Salazar planteó las primeras cuestiones. “¿Acaso soy lo que conozco?”, preguntó la cantaora-bailaora-rapsoda mientras el saxo de Liebman, el piano de Marco Mezquida, el contrabajo de Reinier Elizarde ‘Negrón’, la guitarra de Juan Diego Mateos y la batería de McGill se iban sumiendo en la honda poética sonora del homenajeado.

Con el Spanish tingle dando coherencia al todo (y no sólo a ese inconmensurable ‘Vito’). Y, aportando estructura y puentes, las subyacentes flamenquerías rítmicas por tangos, soleá por bulerías y, cuando tomó el relevo bailaor Belén Maya, hasta por farruca. Con la danzaora invitada llegó uno de los momentos trascendentes de la obra. Descalza, sin ritmo, con suelo, con libertad, vestida de gasa negra hasta más allá de los pies. Con el cuerpo reaccionando a la música desde el interior… al contrabajo, a la sonanta. Y la mirada brillando. Conmovedor fue también el mirabrás de mar en calma cantado por Salazar… con su “trantrán” susurrado en el ocaso. Pero el más definitivo de esos pasajes más-allá no fue ni música, ni danza, ni poema. Fue sentir la escucha que de sus compañeros hacía el maestro Liebman, recostado en su asiento, con los ojos cerrados, dibujando lo inaudible con la mano en el aire. Un amor supremo.

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