BAILE Bienal de Flamenco de Sevilla 2018. Rocío Molina & Silvia Pérez Cruz,...

Bienal de Flamenco de Sevilla 2018. Rocío Molina & Silvia Pérez Cruz, ‘Grito pelao’ [reseña y fotos]

"La vida a escena", reseña por Silvia Calado Olivo del espectáculo que, sobre su gestación, mostró la bailaora malagueña en el Teatro de la Mestranza, dos noches lleno

La vida, a escena

por Silvia Calado Olivo para Globalflamenco.com

fotos © Bienal Flamenco Sevilla/ Óscar Romero


Los límites quedan disueltos. La vida se entremezcla impúdicamente con el arte. La artista rompe la barrera de la intimidad. Lo personal es lo mismo que lo artístico. Si no hay más cuerpo que enseñar, se muestra lo de dentro. Y el ser que en el vientre se abre paso es ya cuestión pública. Hay quien lo perpetra en Instagram. Rocío Molina, sin embargo, de su embarazo ha hecho un espectáculo, ‘Grito pelao’, que llena teatros europeos. Dos noches el sevillano de la Maestranza en esta XX Bienal. Claro, es algo único. Solo sucederá mientras la gestación dure. Tiene que ser así. La barriga sale a escena. Y, con ella, los sentimientos, los temores y los cuándos y los cómos y los porqués. No de forma metafórica, ni como motivo de inspiración. Lo hace a bocajarro, situando a todo el público en el compromiso de la confidencia. Como si fuéramos alguien cercano. Pero sin serlo. Con ecografía fetal. Y con estetoscopio. Sí, hubo quien se incomodó y se marchó. No me refiero a los del flamencómetro, que siguen erre que erre, festival tras festival, ajenos al espacio-tiempo… y a la libertad. Qué pereza de gente. El arte ha de ser libre. Los artistas han de ser libres. Y los límites lo ponen ellos… si es que los quieren poner.

Silvia Pérez Cruz, Lola Cruz y Rocío Molina. Foto © Óscar Romero/Bienal de Flamenco

Rocío Molina, ya les digo, los disuelve en esta obra autobiográfica. Entabla diálogo abierto con las dos mujeres que la arropan. Una es su propia madre. Y la otra, la cantante Silvia Pérez Cruz. Y en la escena -impecablemente vestida de luz, imagen y escenografía, con sus óleos, su playa y su impluvium– conversan a micro abierto, como parte del extenso guión, aportando datos sobre la inseminación, pasajes anecdóticos con su toque de humor (encantador el “¿Por qué me pusiste Rocío?”) y, sobre todo, sentires y pensares íntimos sobre el amor y el miedo. Todo es un “yo” performativo en forma de danza, de teatro, de música, de palabra. Y se encadenan en un desarrollo de escenas que fluye hasta la mitad para, al final, estancarse. Ninguna de esas expresiones está por encima de la otra. Pues la condición gestante de la artista restringe su capacidad bailaora… o la hace otra.

Silvia Pérez Cruz, Lola Cruz y Rocío Molina. Foto © Óscar Romero/Bienal de Flamenco

Los bailes son apuntes expresivos y emocionales en un cuerpo hiperfemenino, de Venus de cualquier tiempo. Unos nada flamencos, otros sí (pero nunca en modo estándar). Como el taranto a lo Fernanda Romero, que recupera de su antiguo ‘Almario’, para entregárselo a su madre en un andar por casa. O las enigmáticas alegrías de mujer barbuda. Y si se asfixia, lo expone como parte de la coreografía. Lo mismo que tampoco oculta que en los pies la asiste Oruco. Siempre poderosa. Siempre convencida. Siempre avanzando. El cante-canto no la acompaña, la complementa. Silvia Pérez Cruz es un portento vocal, sensible, alado. Cante lo que cante. Y va más allá. Es plena su entrega con esta nueva propuesta con dirección firmada Molina-Marquerie-Cruz. Suyo es el concepto musical, la composición y las letras. El violín de Carlos Montfort, la guitarra de Eduardo Trassierra y la electrónica de Carlos Garate dan forma a su creación. Y está todo su cuerpo en (el) juego. Los pies descalzos en la arena. Los pies calzados en la tabla. Correr. Echarse. Hacerse líquida. Enternecerse. Cogerse de las manos. Gritar. Y abrazarse. De mujer a mujer. De madre a madre. Silvia y Rocío.

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