BAILE Bienal de Flamenco de Sevilla 2018. Andrés Marín, ‘D. Quixote’

Bienal de Flamenco de Sevilla 2018. Andrés Marín, ‘D. Quixote’ [reseña y fotos]

"El bailaor de la triste (y distante) figura", por Silvia Calado Olivo: reseña sobre el nuevo espectáculo del bailaor a su paso por el Teatro de la Maestranza tras su estreno en el Chaillot de París

El bailaor de la triste (y distante) figura

por Silvia Calado Olivo para Globalflamenco.com

fotos © Bienal Flamenco Sevilla/ Óscar Romero


¿Cómo explicar lo inexplicable? ¿Cómo tocar lo universal? ¿Cómo acercarse a lo eterno? ¿Cómo ha podido abordar Andrés Marín un Quijote? Después de mucho pensarlo, tenemos una posible respuesta. Tomando distancia, mucha distancia. El ‘D. Quixote’ -así, en hispanofrancés- de este díscolo bailaor, tan amante del riesgo como oponente del confort, está resuelto a base de lejanía. Prácticamente, desde fuera. El acercamiento del bailaor al genio literario es, realmente, un distanciamiento. Sólo desde ese plano honesto y desprendido podía resolverse lo irresoluble. En su creación todo está invertido. Desde el espacio, al tiempo, pasando por la palabra. No hay asomo de Castilla, ni de Siglo de Oro, ni de molinos, ni de odres, ni de gigantes, ni de Cervantes siquiera. Lo que hay es una pista de skate, una tienda de campaña, una webcam, un par de pantallas y textos del director teatral francés Laurent Berger, co-director junto a Marín de esta hispanofrancesa propuesta que llega a la XX Bienal tras su estreno en el Théâtre National de Chaillot y su paso por otros foros participantes en la producción como el Théâtre de Nîmes.

Andrés Marín en la Bienal de Flamenco de Sevilla 2018. Foto © Óscar Romero / Bienal de Flamenco

Un código performativo construye diversas situaciones molonas para un mirar contemporáneo y necesariamente externo. Pues a poco que vuelvas la vista al referente, saldrás tremendamente decepcionado. Y con ello también nos referimos a lo flamenco. Los cuatro personajes en escena son motoristas, patinadores, boxeadores, futbolistas, esgrimistas, pistoleros. Y con los aperos de cada deporte (¿por qué el deporte?), canta Rosario la Tremendita (que también agarra el bajo), bailan la imparable Patricia Guerrero y Abel Harana y desenvuelven, en continua correlación, sus papeles en la escena. Con no pocas notas paródicas (eso era, precisamente, esta antinovela: una parodia caballeresca). Con calidad interpretativa. Con coherencia hacia la banda sonora sostenida en directo por percusión y batería de Daniel Suárez, chelo de Sancho Almendral, tiorba y guitarra eléctrica de Jorge Rubiales. Y con un compromiso férreo hacia el discordante discurso de la obra. Que no se explica por sí mismo. La palabra necesita ser cantada, pero también sobrescrita. La locura. La cobardía. La violencia. El ser. La muerte. ¿Son asuntos quijotescos? Son universalidades. ¿Es esto un Quijote? Eso sólo lo puede sentir Andrés Marín, dentro de esa triste figura de bailaor que, con humildad, se aleja. El cuerpo negro de brea. El baciyelmo en llamas.

Andrés Marín en la Bienal de Flamenco de Sevilla 2018. Foto © Óscar Romero / Bienal de Flamenco

 

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