BAILE Festival de Jerez 2018. Manuel Liñán, estreno de ‘Baile de autor’

Festival de Jerez 2018. Manuel Liñán, estreno de ‘Baile de autor’ [reseña, fotos y vídeo]

El bailaor y coreógrafo granadino, Premio Nacional de Danza 2017, desveló su nuevo espectáculo en el Teatro Villamarta, formando trío con el cantaor David Carpio y el guitarrista Manuel Valencia · Reseña por Silvia Calado Olivo · Fotos y vídeo por Daniel M. Pantiga

Manuel Liñán y David Carpio en ‘Baile de Autor’. Festival de Jerez 2018. Foto © Danielmpantiga.com

por Silvia Calado Olivo para Globalflamenco.com


Ya ahora sí: comienza el Festival de Jerez. Tras el vistoso prólogo del Ballet Nacional de España, el Teatro Villamarta va desvelando las propuestas de los bailaores y bailaoras de nuestro tiempo. Y empezar por Manuel Liñán, Premio Nacional de Danza 2017 y Premio de la Crítica del Festival de Jerez 2016, no ha podido ser más idóneo. No sólo por la actualidad de los laureles, sino por encarnar el espíritu que realmente engancha de esta cita escénica: alentar la evolución. Aquí hemos visto al granadino crecer artísticamente, desde que viniera enrolado en compañías como la de Rafaela Carrasco, hasta la presentación de su propia compañía con obras como ‘Nómada’ o ‘Reversible’, pasando por propuestas compartidas como Chanta la Mui, colaboraciones bailadas como en ‘Los invitados’ de Belén Maya y encargos coreográficos como los del Nuevo Ballet Español, sin olvidar que es profesor del programa formativo. Y aún le queda mostrarse como director artístico, que lo hará en unos días a cuenta del ‘Gelem’ de El Choro. Precisamente, de todo ello va su ‘Baile de autor’. El artista granadino ha hecho confluir en un espectáculo y en sí mismo esa doble faceta suya: intérprete y creador. Es una reflexión, un hecho y un sueño.


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por Daniel M. Pantiga


La nueva creación tiene cierto sentido antológico y, a la vez, un alto grado sintético, conservando los chispazos de ingenio que son marca del autor. Manuel Liñán baila sin más compaña que la del guitarrista Manuel Valencia y el cantaor David Carpio quienes, además de proporcionarle la banda sonora, se comportan como elementos escénicos. Las tres cartas se barajan para ir componiendo cada uno de los cuadros, usando toda la profundidad de la tabla y las entrañas de la caja escénica. Luego están las tres sillas blancas y los (visualmente incómodos) faroles, siendo la luz diseñada por Olga García, en sus diversas formas, el catalizador de toda la obra. El telón se abre con las varas de los focos casi en el suelo: un recurso de gran fuerza estética, pero también simbólica. El artista desvela el backstage, la técnica, el trabajo, su intimidad. La voz de la conciencia cuenta hasta diez. Y él echa a bailar la palabra… a dibujar el cuadro con los polvos mágicos de su varita-batuta. La idea. La imaginación. El esbozo. Y los silencios… que serán determinantes a lo largo del espectáculo. Los usa el bailaor, pero también el guitarrista -tan convencido de su hondo sonido hasta en lo mínimo- y el cantaor, que se incorpora por malagueñas.

A cada pieza, le imprime un carácter único. Y la de las sillas es definitiva. El bailaor va andando un camino que se le va tendiendo a cada paso: los asientos son las baldosas, el porvenir es lo andado. El virtuoso zapateado y la finura corporal dan carácter a un baile que desemboca en tabla, en el cante por mariana, en tangos de Graná, en juguetillos con humor… en cálido aplauso, en piropos desde la grada. Carpio ronda por tonás, con su dinástico eco y su creciente apertura, ventilando el testamento mairenero de la libertad. El trío se acerca entonces, buscando el cuerpo a cuerpo en la soleá. Y Manuel va disparando su baile escuchante, con sus fraseos elegantes, con sus puntualizaciones certeras, en una conversación a tres bandas que desemboca en Triana y en bulería. Los tres puñales los clava el bailaor a cada recorte, a cada envite, a cada microvuelo. He aquí la esencialidad del flamenco. Uno. Dos. Tres. Voilà. Los faroles suben por arte de magia. Y la guitarra retorna a Jerez por seguiriyas: la insondable seguiriya tocaora de Jerez.


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De pronto, el envés. El blanco, la luz, la alegría, las alas, la guasa y la risa. Liñán retoma, otra vez, su ya emblemático crossover de bailaor con bata de cola. Con todos los complementos. Con todas las consecuencias. Uno. Abanico. Dos. Mantón. Tres. Bastón. El cante circulando de la romera a la montañesa, salpicado de gaditanías. Y el público, enfervorecido, jugando todos los juegos. Pero… ¿es todo un sueño? La vidalita lo canta. Mientras dormía. El suelo se torna un río. Los pies se hunden en el agua. La lucha. El tiempo. La pesadilla. El backstage. La creación. El trabajo. El despertar.

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