Farruco: un bailaor en concierto

Farruco: un bailaor en concierto

El bailaor sevillano llenó dos noches el Teatro Quintero de Sevilla, en el ciclo 'El sol, la sal y el son' 2016

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por Silvia Calado para Globalflamenco.com
fotos © Danielmpantiga.com


Ya no es el hermano de Farruquito, ni el bailaor de Paco de Lucía. Farruco está aquí. Y viene dispuesto a abrirse paso. Lo acaba de demostrar en Sevilla, con dos noches de lleno total en el ciclo ‘El sol, la sal y el son’ del Teatro Quintero -y eso suma más de 600 butacas- a propósito de su espectáculo ‘Flamenconcierto’. La obra es un autorretrato del bailaor… y del músico. No sólo porque toque la guitarra en varios momentos -y con bastante personalidad, por cierto- sino porque su danza tiene mucho que ver con la música.

El carácter del concierto lo da el formato de banda, con Manuel Urbina a la guitarra, Melchor Borja al bajo, Paco Vega a la percusión, Manuela Montoya como vocalista y las voces cantaoras de Miguel Montoya y Rubio de Pruna. Aunque el primero que toca es él, pulsando con delicadeza hasta calzarse las botas. Ese primer baile, que el grupo hace caminar sobre tanguillos, le sirve para presentar credenciales: planta, paseo, quietud, flash. Y vuelta a la guitarra, como ensoñación. La bailaora Saray Cortés, desdeñando la ortodoxia sevillana en el manejo de la bata, lo asiste en el preludio de la alegría, dejándole la energía en cotas altas. Es uno de los estilos que lo hacen brillar… y brilló. Elegancia y fuego, intensidad y compostura, se funden en este baile rotundo y respetuoso con los cánones, pero creativo en la dialéctica entre el tacón y el silencio.

No sólo Saray, sino también África Fernández, se le unen en un preludio de seguiriya, que resuelven con violencia al son de piedras que chocan. Farruco cambia bastón por martillo, incitando a Rubio de Pruna a hacerle, ya a solas, unas tonás carceleras. El bailaor sale a bailar de traje azul y sobriedad, diestro en el arte familiar de crear expectativas. Y resuelve la seguiriya en un crescendo que estalla en fraseos de pies impensables, en giros imposibles, en un grito y en un rasgueo de guitarra catártico.

La canción aflamencada de Manuela no es más que un interludio para lo que habría de venir. La soleá. Primero, es estampa: cantaor, guitarrista y bailaor sentados y silueteados. Farruco (como Farruco), con sombrero cordobés. Después, cobra forma, vida, emoción. El pasaje más esencial, más sencillo, es el que centra la obra. Un baile extraordinario. Un bailaor extraordinario. Un extraordinario flamenco. Y hace repensar la globalidad de la obra en términos de dirección y edición de lo superfluo, de lo excesivo, de lo frugal.

Precisamente, todo lo que se extrema en un final por tangos cuya conclusión se esfuma en el fragor de la fiesta. No importó, sin embargo. El público ya estaba ovacionándolo. Y él estaba tan agradecido, que lo obsequió con una sorpresa: tocar y cantar a dúo con su hija el ‘Hoy tengo ganas de ti’… y la bulería de remate, que bailó la muñeca. Es decir, que la saga fundada por su abuelo fue, será pero, sobre todo, es. Farruco es. 


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