Bienal de Flamenco 2016. Bailando una vida: “… fue en Sevilla.”

Bienal de Flamenco 2016. Bailando una vida: “… fue en Sevilla.”

Reseña de la gala protagonizada por Manolo Marín, Mlagros Menjíbar, José Galván y Ana María Bueno en el Teatro de la Maestranza, por Silvia Calado

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por Silvia Calado para Globalflamenco.com


Ahora sí. La Bienal 2016, la de flamenco y la de Sevilla, ha comenzado. ‘Bailando una vida’, la gala prevista para la segunda noche del festival, resultó una suerte de reseteo tras la extrañeza inaugural. Cuatro puntalitos del baile histórico sevillano. Cuatro vidas del flamenco. Ana Mari, José, Milagros, Manolo. Y Rubén Olmo biendirigiéndolos para mostrar lo mejor de sí mismos… hoy. Porque los años pesan en los huesos, porque los escenarios ya quedaron atrás, porque hace mucho que se concentraron en ser sólo maestros. Pero el cuerpo tiene memoria. Y, sobre todo, la tiene el espíritu. Pero lo más bonito es que la tenga Sevilla.

Ana María Bueno, Jose Galván, Milagros Menjibar y Manolo Marín en el Teatro de la Maestranza de Sevilla. Foto © Bienal de Flamenco
Ana María Bueno, Jose Galván, Milagros Menjibar y Manolo Marín en el Teatro de la Maestranza de Sevilla. Foto © Bienal de Flamenco

Pues ellos son parte de la historia del particular modo en que esta ciudad entiende el baile flamenco. Hay otros protagonistas, otros estilos, pero con estos cuatro se entienden perfectamente dos conceptos: la evolución y la transmisión. Ellos pertenecen a una generación que actuó de bisagra entre las estrellas de principios del siglo XX y las del final de siglo. De sus maestros recogieron testigos que después pasaron a los jóvenes que hoy son el porvenir de este arte. Sin ir más lejos, como Rubén Olmo. Sólo conociéndolos desde ese punto de vista es posible coordinarlos como lo hizo, presentarlos con la pulcritud y el mimo con el que los plantó ante Sevilla en el Teatro de la Maestranza.

Manolo Marín y Ana María Bueno en 'Bailando una vida'. Foto © Bienal de Flamenco
Manolo Marín y Ana María Bueno en ‘Bailando una vida’. Foto © Bienal de Flamenco

Primero los enmarcó en luces de camerino para presentarlos al son austero de la trilla. Y luego los dejó hacer no sólo un baile cada uno, sino también a dos para rememorar el tiempo de oro de los tablaos. Qué hermosas fueron las dobles estampas por zambra, zorongo y tangos: la de Milagros con José, la de Ana Mari con Manolo. Antes ya se habían mostrado dos solos. Ana María Bueno bailó la seguiriya con el palillo sonando a cristal, con la bata negra y el rictus sereno, elegante, paciente. Y José Galván fue ‘De Triana a Lebrija’ con su bulería por soleá. Sólo analizar las estaciones de su baile por el escenario es una delicia. Paseo, desplante, replante, giro, remate. Un señor baile, compuesto y, a la vez, gozoso en los fraseos del pie, en las dobles vueltas, en el toreo. Porque ellos sabían bailarle al público.

José Galván en 'Bailando una vida'. Foto © Bienal de Flamenco
José Galván en ‘Bailando una vida’. Foto © Bienal de Flamenco
Milagros Menjibar y Miguel Ortega en 'Bailando una vida'. Foto © Bienal de Flamenco
Milagros Menjibar y Miguel Ortega en ‘Bailando una vida’. Foto © Bienal de Flamenco

No saben cómo lo azuzó Milagros Menjíbar cuando salió a bailarle por alegrías. La bailaora atesora la narrativa canónica de los estilos, tal como eran: historias. Y ese en concreto, que es estandarte de la escuela de baile, lo presenta como un mecido continuo de olas, de espuma en las manos, de espirales en el cuerpo. Pero siempre, el sosiego. Y no sólo eso, también la concienca del compañero, tanto el cantaor, como el guitarrista. Son la motivación, la fuente de energía. De lo cual el cuadro, hecho de jóvenes y veteranos, fue plenamente consciente. Lo que les pedían, allá que lo entregaban. Y más. A las voces estuvieron Manuel Romero, el experimentadísimo Juan Reina y ese gran valor del cante actual -de atrás y de alante- que es Miguel Ortega. Y al toque, los maestros artesanos Juan Manuel Flores y Rafael Rodríguez -con sus morerías- y el joven Juan Campallo.

Manolo Marín en 'Bailando una Vida'. Foto © Bienal de Flamenco
Manolo Marín en ‘Bailando una Vida’. Foto © Bienal de Flamenco

De su savia nueva y del trío cantaor tiró Manolo Marín en su soleá, que inició y terminó alrededor de la mesa, bajo la bombilla, en el cuarto trianero de cabales. Él mismo se hizo la crítica en el epílogo. “No me he gustado nada, señores”. Pero no fue así cómo lo vimos y sentimos en el patio de butacas (que, por cierto, andaba apenas por encima de la mitad de aforo). El baile de Marín concentra un insondable misterio. Es un baile profundo. Es un buscarse hasta encontrarse. Es una experiencia intensa. Y única: porque hace ya mucho que dejó los escenarios y su escuela. ¡Qué grandeza! Así que hablaron, se criticaron, se elogiaron y, al final, se entregaron a Sevilla. Sí, por sevillanas. Los cuatro enmarcados de luz. Bailando. La primera vez…

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