Alba Molina cantó a Lole y Manuel… en Triana

Alba Molina cantó a Lole y Manuel… en Triana

Reseña, fotos y vídeo del concierto-homenaje de la cantaora-cantante sevillana junto al guitarrista José Acedo

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por Silvia Calado para Globalflamenco.com
fotos & vídeo © Danielmpantiga.com


Ella era la niña de los ojos grandes, la que se dormía con la luna. Ella es Alba Molina, la hija de Lole y de Manuel. Y hoy, más que nunca. Porque hoy es hija de sangre, pero también de cante. Dejando atrás (o a un lado) una carrera musical más cercana al pop, tras la muerte de su padre, ha tenido la valentía de sumergirse en el legado de la mítica pareja: aquella que revolucionó el flamenco en tiempos de la transición (de la opresión a la libertad). Sin ningún aderezo ni amago de versión, honesta y sincera. No ha sido fácil, reconoce, seleccionar el repertorio. Tampoco intercambiar su voz por la de Lole que, como sabemos, es de otra galaxia. La suya, aunque emparentada, es más de la tierra, cálida con asperezas. Pero aún con todo, quizás lo más difícil haya sido lidiar con la tempestad de emociones. Eso es lo que se sintió en la presentación en directo del disco ‘Alba Molina canta a Lole y Manuel’ en Triana, en el teatrito recién reabierto del Colegio Salesianos, donde estudió su padre. Emoción.

Alba Molina. Foto © Danielmpantiga.com
Alba Molina. Foto © Danielmpantiga.com

Aunque no fue una emoción desbordada, sino contenida, solemne y sobria. Así lo determinó la actitud de Alba Molina desde que saliera a escena por el lateral del patio de butacas con su vestido largo de noche y tomara asiento. Clavó la pose en modo esfinge, tan bella… Y se concentró en la escucha de la guitarra de José Acedo, sin quien quizás este proyecto no hubiera sido posible. Tiene absolutamente interiorizado el toque de Manuel, ese tocar sintético y profundo, de esencias destiladas hasta el extremo, reducido a veces a solitaria nota. Pero le aporta su acabado pulido, su tiempo presente, su sensibilidad. Los dos sentaditos en sus sillas de nea pintadas de sevillanía, quebraron la quietud del aire con el ‘Dime’, ese canto idealista para mundos convulsos. Después, se ensoñaron en la dialéctica entre grito y silencio de ‘Recuerdo escolar’. Y por sacar alguna espinita de lo descartado, añadieron al repertorio grabado los ‘Tangos de la pimienta’, con sus reveses vocales tan imposibles de dominar. Es que, técnicamente, Lole Montoya puso al cante en un abismo. Y es de valientes siquiera asomarse.

Lole. Foto © Danielmpantiga.com
Lole. Foto © Danielmpantiga.com

Ya a las alturas de ‘Romero verde’ quedó más que sentado el valor del repertorio de Lole y Manuel. Son piezas soberbiamente compuestas, concisas y directas, creaciones a partir de una tradición naturalmente integrada. Y concebidas como cante, no como otra cosa. Apenas nadie más ha logrado algo semejante en el flamenco. Con nervios y con alma, encaró y meció ‘Al Mutamid’. Y aunque, hablándole al público, trataba de mantenerse entera, volvían a asomar las lágrimas. ‘Todo es de color’ es “un himno mundial, que sirve para todos los tiempos”, dijo. Una vez cantando, dio gracias por el silencio. ‘Balcón’ lo partió, propiciando los arranques en la voz, cautivando con su modernidad de cuatro décadas. Siguió envalentonada con ‘Nuevo día’. Y apeló a lo sutil y lo conciso en el precioso ‘Para mí’ que Manuel le hizo para su segundo disco. Sonó el río y a su orilla cabalgaron los Montoya, con su historia que acabó en susurro y su sonanta perfecta. ‘Tu mirá’ -sí, aquel cante de la banda sonora del ‘Kill Bill’ de Tarantino- fue como un presentimiento. Después de ‘La pena negra’ lorquiena, que siempre cantó con Manuel, habría de aparecerse. “Llamadla ustedes”. “¡Lole!” Y se apareció y cantó ‘La mariposa’ con Alba. Pero no para Alba. A ella le iba a cantar el último cante. La nana suya, su nana: ‘Alba Molina’. Sola. Más allá de la emoción.

Alba Molina y Lole. Foto © Danielmpantiga.com
Alba Molina y Lole. Foto © Danielmpantiga.com
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