BAILE Septiembre es Flamenco 2015. Andrés Marín, ‘Carta blanca’

Septiembre es Flamenco 2015. Andrés Marín, ‘Carta blanca’


Por la libertad

Reseña por © Silvia Calado · Fotos © Bienal de Sevilla · Antonio Acedo


Ya que esto va de libertad, me la voy a tomar para contar algo. La última conversación que tuve con Andrés Marín fue en la calle Cuna, a las puertas del Teatro Quintero, cuando su compañero José Valencia presentó ‘Directo’. A lo que voy es a lo que hablamos. Más bien, a lo que me dijo. Algo que me viene rondando desde entonces y que esta noche, mientras nos enviaba una de sus posibles ‘Carta blanca’ desde el Teatro Alameda, me ha vuelto a hacer pensar. “Tenemos que recuperar la ilusión que teníamos cuando empezamos. ¿Te acuerdas? La que tenías escribiendo. La que yo tenía bailando”. Y, entonces, recordamos aquella primera entrevista que le hice en “La Sirenas”, aquí al lado, en La Alameda, pero cuando aún tenía albero, hogueras, prostitutas, yonkis, hippies y litronas. El bailaor acababa de dejarme sorprendida en la Bienal 2000 con su participación en ‘Trilogía’ (lo compartía con Rafael Campallo y El Torombo). Él era el futuro. Y lo sigue siendo. ¿Será por la ilusión? Quizás.

Andrés Marín en 'Carta blanca' (foto © Bienal de Sevilla · Antonio Acedo)
Andrés Marín en ‘Carta blanca’ (foto © Bienal de Sevilla · Antonio Acedo)

 

Será por la libertad. Eso lo podemos afirmar. La pieza, en principio destinada a convivir con un espacio singular, como ya hiciera en el Museo Picasso de París, hubo de cambiar, a última hora, por la previsión de lluvia, la Torre de Don Fadrique por el sencillo teatro del barrio (su barrio). La caja negra concentró la atención en los mundos de Andrés Marín. Mundos muy internos. Nos sumió en una especie de duermevela. Nos situó entre la vigilia y el sueño, lo real y lo surreal, lo antiguo y lo porvenir, lo concreto y lo abstracto, lo recordado y lo figurado. Y él recorrió esa sutil línea asumida como cuerda floja. La pieza es puro riesgo. No hay concesiones, ni compromisos. Sólo a sí mismo se rinde cuentas. A él y al arte como expresión de lo propio. Un arte que, en su caso, parte del flamenco y al flamenco retorna, pero a un flamenco que entiende -y perdonen la insistencia- como espacio de libertad. No hablamos de cuartitos, sino de galaxias.

Andrés Marín como pierrot en 'Carta blanca' (foto © Bienal de Sevilla · Antonio Acedo)
Andrés Marín como pierrot en ‘Carta blanca’ (foto © Bienal de Sevilla · Antonio Acedo)

 

Por la de Andrés Marín orbitan cantes maestros, coplas del folklore, guitarras de palo, guitarras eléctricas, baterías, platos de metal, cencerros gigantescos, pieles de cabra, plásticos cubretodo, dedales, pierrots, humanos, “losetas obsoletas”, clarinetes, zanfoñas, Segundo y José, Raúl y Salvador, Daniel y Javier, máscaras y gorros de papel, seguiriyas y soleares, farrucas y bulerías, lo que le cantan y lo que canta, el yo y la alteridad. En esa galaxia conviven los tiempos, segmentos de obras que fueron y que vuelven a ser, pero desde el ahora: de ‘Asimetrías’, de ‘El alba del último día’, de ‘El cielo de tu boca’, de ‘Tuétano’… y de Picasso y de Messiaen. Lo inconexo es sólo apariencia… o impaciencia. Porque todo va en su preciso sitio, al igual que cada uno de sus pasos, poses, giros, braceos, quietudes, loops. Y subrayamos el posesivo. Porque es un lenguaje absolutamente personal, resultado de ese work in progress siempre abierto que viene siendo su carrera. Una inmensa carta blanca.

Andrés Marín en 'Carta blanca' (foto © Bienal de Sevilla · Antonio Acedo)
Andrés Marín en ‘Carta blanca’ (foto © Bienal de Sevilla · Antonio Acedo)

 

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