Breve historia del baile flamenco

Breve historia del baile flamenco

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por Silvia Calado para Globalflamenco.com


El baile es el gancho, el flamenco que entra por los ojos, el que salta a la vista. Y no es de ahora. Viajeros europeos del siglo XIX quedaron prendados de las artes de las bailaoras y bailaores de la época, precursores de las formas, los fondos y las estéticas que aún perduran. La Campanera, La Macarrona, La Mejorana, Rafael Ortega, Antonio Bilbao, Pastora Imperio, La Argentina, La Argentinita, Carmen Amaya, Vicente Escudero, Faíco, Antonio, Antonio Gades… son sólo algunos de los nombres que hicieron grande el arte de la danza jonda. Y no deben caer en el olvido.

Orígenes

Dibujo de Doré (1880)La antigua flamencología arrancaba siempre sus cavilaciones sobre los orígenes del flamenco con un pasaje de Marcial en el que loaba a las ‘puellae gaditanae’, las sensuales jóvenes gaditanas que danzaban al son de sus crótalos. Pero desde aquellos tiempos de la antigua Roma habrá que esperar muchos siglos hasta que nazca el baile flamenco. En la fijación de las formas flamencas interviene la escuela bolera, creada en el siglo XVIII a partir de la academización de antiguos bailes populares como panaderos, zapateados, oles, boleros, seguidillas, fandangos, jaleos de Jerez, malagueñas, el vito o la cachucha. Y las fronteras entre esas danzas populares y las que son propiamente flamencas son bastante difusas.

En los testimonios de los viajeros románticos, ya en el siglo XIX, se describen, a veces muy pormenorizadamente. En 1831 el malagueño Serafín Estébanez Calderón describía en ‘Escenas andaluzas’ un baile en un patio de Triana. Y allí dice que se bailaban seguidillas y caleseras. Uno de los pasajes de su crónica dice así: “Las hileras de gitanillas y muchas bailantes y cantadoras que se agolpaban en su derredor con palillos entre los dedos, con muchas flores en la cabeza, el canto y la sonrisa en los labios, el primor de la danza en los pies”. El viajero francés Charles Davillier escribió con detalle sobre los bailes que presenció en tierras andaluzas, muchos de ellos en esos primitivos escenarios de la danza flamenca de entonces que eran los bailes de candil en los patios de vecinos, las trastiendas de las botillerías y las cuevas del Sacromonte granadino. Y su compañero Gustave Doré lo dibujó.

Salones y cafés

A mediados de aquel siglo, el baile andaluz pisaba más nobles estancias. El empresario Miguel de la Barrera publicitaba en los hoteles sevillanos ensayos abiertos al público en su salón de baile, pues las academias de la época hacían las veces de salas de exhibición, sobre todo, para público extranjero. Un anuncio publicado el 3 de agosto de 1850 en el periódico ‘El Porvenir’ se indica que “en la acreditada academia que dirige don Manuel de la Barrera, calle Pasión junto al Anfiteatro, hay ensayos públicos extraordinarios de bailes nacionales hoy sábado, al que asistirán todas las discípulas del director y además las mejores boleras de esta ciudad, bailándose la Malagueña, la Redova, el Vito y jaleos de Cádiz”.

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El café del Burrero de Sevilla

Y a ellos se suman a partir de la apertura de Los Lombardos en 1847 en Sevilla, los cafés cantantes, los escenarios donde el flamenco viviría su primera época de oro. Nacen entonces las primeras estrellas y figuras míticas del baile. La Macarrona, Malena, Rosario la Mejorana, Concha la Carbonera, las hermanas Antúnez, las Coquineras, La Cuenca, Enriqueta la Macaca, Rita Ortega, Salú la Hija del Ciego, Miracielos, Mojigongo, Lamparilla, Antonio el de Bilbao, Estampío… son algunos de los nombres que destacan en la época, muchos de ellos glosados por afinadas plumas. De La Macarrona, por ejemplo, escribió Fernando el de Triana que “es la que hace muchos años reina en el arte de bailar flamenco, porque la dotó Dios de todo lo necesario para que así sea: cara gitana, figura escultural, flexibilidad en el cuerpo, gracia en sus movimientos y contorsiones, sencillamente inimitables”.

Ya a principios del siglo XX los cafés comienzan su declive. Y los bailes de salón y las variedades van apartando a los bailes andaluces. Así lo critica el maestro Otero en su ‘Tratado de bailes’, publicado en Sevilla en 1912. Sin embargo, los contratiempos se vuelven en vientos favorables, pues el baile flamenco da entonces el salto a los teatros. Antonia Mercé ‘La Argentina’ coreografió piezas de compositores clásicos nacionalistas como Isaac Albéniz, Enrique Granados y Manuel de Falla, además de crear espectáculos de inspiración popular como ‘El embrujo de Sevilla’. “Él no escribió sus obras para el baile; pero yo no he visto nada de más ritmo”, declaró a un periódico de la época sobre Albéniz.

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La Argentina

Y similar trayectoria siguieron La Argentinita, Laura de Santelmo y Pastora Imperio. A estas damas teatrales del baile flamenco vino a sumarse Carmen Amaya, pero con una propuesta diferente, pues apelaba por la vía directa al flamenco más visceral. Así arrasó en los más grandes escenarios de América, donde huyó tras estallar la Guerra Civil española y donde se convirtió en una de las grandes estrellas de la danza internacional. También así fue considerado en Estados Unidos otro ‘rara avis’ del baile, el vanguardista Vicente Escudero. Tanto el bailaor vallisoletano como Carmen Amaya y La Argentinita fueron catapultados al estrellato por el famoso empresario del espectáculo Solomon Hurok. Y él mismo lo cuenta todo en sus memorias, ‘Impresario’. Según escribió, no fue fácil conseguir contratar a La Argentinita:

Desde 1930 empecé a asediarla. Tardé seis años en persuadirla de que América la amaría cuando se presentase con propiedad, y antes de dos años no estuvo dispuesta a pisar de nuevo el suelo que había sido tan frío la primera vez. (…) ¿Por qué debería ella deshacer su corazón contra la barrera de la indiferencia americana cuando Europa clamaba por ella y la América Latina la recibiría como a una reina, y Australia se engalana siempre que se dispone a realizar el largo viaje hasta allí abajo?”

Internacionalización

Aunque la internacionalización del baile flamenco venía ya de antiguo. Desde el siglo XIX hay documentos que informan de las actuaciones en distintos puntos del globo de bailaores y bailaoras. La Macarrona actuaba en Berlín en 1895. Antonia Mercé, La Argentina, ya había recorrido en 1914 países como Francia, Gran Bretaña y Rusia. La compañía de ballets rusos de Serge Davillier se llevaba consigo a Londres en 1915 a Félix el Loco para que montara piezas de aire español. Según recoge el investigador José Luis Ortiz Nuevo en el libro ‘Mi gustar flamenco very good’, quizás fue en 1879 cuando comenzara la exportación del baile flamenco: “Y fue en París, en el Hipódromo de París, donde se celebró una fabulosa fiesta española para recaudar fondos a beneficio de los pobres damnificados (de inundaciones en Murcia y Almería): Y fue en esa fiesta, pudo ser en ella que se presentase, por su primera vez, el flamenco en la ciudad de París”.

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Vicente Escudero, en 1958. Fotografía de Oriol Maspons

El diario ‘El Cronista’ recoge que en Nápoles el 13 de junio de 1890, “funcionará en dicha ciudad una compañía de baile y cante flamenco, estando ya contratada la mayor parte del personal que se dispone para esta clase de representaciones”. A Nueva York fue en 1891 “contratada por varias empresas teatrales” la bailarina Natalia Jiménez, según ‘El Porvenir’. Y un artículo de ‘El Progreso’ publicado en 1893 se hace eco de que a Chicago fueron “con objeto de celebrar en la Exposición fiestas andaluzas, varios cantaores, jaleadores y bailarinas de lo mejorcito que hay en las provincias de Sevilla, Cádiz y Málaga”.

En las primeras décadas del siglo siguiente, ya había estrellas de renombre internacional, como los ya citados Antonia Mercé ‘La Argentina’ y Vicente Escudero, que protagonizaron un sonado encuentro en el teatro parisino Trianon-Lyrique en 1925. Un año antes había pasado por el Teatro Olympia de la capital francesa la sevillana Laura de Santelmo que, según Ángel Álvarez Caballero en el libro ‘El baile flamenco’, “hasta 1940 en que regresó definitivamente a España, casi toda su trayectoria como bailarina/bailaora la desarrolló en el extranjero; llegó hasta Rusia, China, Japón y América del Sur”. Y el golpe de Estado de Franco y la consiguiente contienda, no hicieron más que avivar el fenómeno.

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Antonio Ruiz Soler, baila las sonatas del Padre Soler, en ‘Duende y Misterio del flamenco’ de Edgar Neville (fotograma de la película)

Una nueva hornada de bailaores comenzaría a relucir en este contexto. Formando la pareja Los Chavalillos Sevillanos, Rosario y Antonio, recorrieron el mundo con éxito. Trabajaron en el espectáculo ‘La maravilla de las maravillas’ con Carmen Amaya en Argentina. Y hasta su separación en 1952 en el Teatro Champs Elysées de París, recorrieron las principales capitales latinoamericanas y, durante una década completa, Estados Unidos. Después continuó Antonio Ruiz Soler, Antonio el Bailarín, una brillante carrera en solitario, consagrándose como uno de los mejores maestros del baile flamenco y el clásico español.

En 1946, un año después de la muerte de La Argentinita, su hermana tomó el testigo. Pilar López fundó en Nueva York su propia compañía, que se mantuvo en activo hasta los años setenta. Y, además, se convirtió en una fructífera cantera de bailaores. Tirando de la elegante escuela estilística de Los Pelaos -una legendaria saga que dio figuras como El Gato, Juan el Pelao, Faíco o Fati-, formó a jóvenes bailaores que luego se harían un nombre propio. El elenco incluye a artistas como José Greco, El Güito, Mario Maya… Y también Antonio Gades, quien dio un nuevo impulso al baile flamenco teatral con obras como ‘Carmen’, ‘Bodas de sangre’, ‘El amor brujo’ –trilogía llevada al cine por Carlos Saura- o ‘Fuenteovejuna’. Actualmente, la fundación que lleva su nombre, promueve una compañía que mantiene en cartel su obra. Además, fue el primer director del Ballet Nacional de España que se fundó en 1978, con el objetivo de sellar un compromiso con la conservación y la evolución del baile español y el flamenco que aún perdura.

Sin abandonar los teatros pero sí dejando a un lado los argumentos, el baile flamenco también se adaptó a los nuevos escenarios de los años cincuenta y sesenta. Festivales, peñas y tablaos reivindicaban la vuelta a las formas tradicionales en todas las facetas jondas. Y, por supuesto, también en el baile. Eran los tiempos de Enrique el Cojo, de Tía Juana la del Pipa, de Farruco, de Matilde Coral, de Toni el Pelao, de Manuel Soler, de Manolo Marín, de Manuela Vargas, de La Chunga, de Manolete, de Merche Esmeralda… Unos abriéndose paso y otros creando escuela, unos creando caminos propios y otros conservando los ya hechos. Un fructífero momento que quedó retratado, por fortuna, en la serie televisiva ‘Rito y geografía del baile’, donde en la intimidad de un plató, los bailaores muestran su quehacer sin aderezos.

Y lo más valioso de esta historia aquí resumida, es que sigue siendo presente. Un paso, un gesto, un desplante, un vuelo de volantes, un quiebro, un detalle estilístico… fueron, son y serán. De generación en generación, el legado del baile flamenco va transmitiéndose bien para conservarse, bien para evolucionar. Un claro ejemplo es la escuela sevillana, que emparenta artísticamente a bailaoras actuales como Isabel Bayón con históricas figuras como Rosario la Mejorana, a lo largo de más de un siglo. Y es que nada como el baile manifiesta la vitalidad del arte del que es parte, del arte flamenco.

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Carmen Amaya

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