Bienal de Flamenco de Sevilla 2014. Reseña: Rocío Molina, ‘Bosque ardora’

Bienal de Flamenco de Sevilla 2014. Reseña: Rocío Molina, ‘Bosque ardora’

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Rocío Molina en 'Bosque Ardora' (foto © Bienal / A. Acedo)
Rocío Molina en ‘Bosque Ardora’ (foto © Bienal / A. Acedo)

 

Soy muy fan de Hayao Miyazaki. Y creo que Rocío Molina también lo es. Vi ‘Bosque Ardora’ como versión -en parte o en síntesis, al menos- de una de las obras cumbre del director de animación japonés: ‘La princesa Mononoke’ (Studio Ghibli, 1997). La simetría con la fábula de la heroína que lucha por salvar al espíritu del bosque se nos hizo más que evidente. Lo que fue una grata sorpresa, en cuanto a renovación de referentes para el flamenco. No más lorcas, gracias. Nuestra danzaora-coreógrafa-directora cambia al lobo por el zorro. La asunción de este personaje animal es determinante, marca en toda la obra el comportamiento corporal de la artista. Y se nota que, para ello, ha hecho una concienzuda indagación, que la ha llevado a incorporar nuevo léxico a su ya personal idioma dancístico. Mucho más interesante en el arranque con máscara, olfateo y movimientos mínimos del teatro japonés, que en los más literales gestos de garras y colas. Molina está al servicio de un personaje. Lo cual conlleva sacrificios, en su caso, dancísticos. Aquí renuncia valientemente a epatar con su baile y al aplauso que sabe que conlleva. Se entrega (y se reta) a contar la historia. Pero en cuestiones de narrativa (y emoción), la batalla no la tiene ganada. La cuestión de lo femenino vs. lo masculino parece ser el eje temático. Pero es donde flaquea esta producción contemporánea -apoyada por varios teatros europeos de la danza que, tras su estreno en Lyon, se desvelaba en la Bienal de Sevilla- y donde pierde la enseñanza del genial cineasta nipón. Por el contrario, deslumbra en lo escenográfico, con sus árboles vivos del derecho y del revés; en lo musical, con trombones, percusiones, efectos sonoros, cante, bajo y guitarra; y en lo coreográfico. Pues no sólo está su cuerpo en juego, sino también los de los músicos y, especialmente, los de sus dos “lobos hermanos”, encarnados por Eduardo Guerrero y Fernando Jiménez, los que fueran gallos de Eva Yerbabuena en ‘Cuando yo era’. Hay, por cierto, guiños que nos conectan con la granadina. No sabemos si deliberados o no. Y también a los universos galvánicos: imposible no ver a Pastora y su “francesa” en los tacones de aguja. Pero, fuere como fuere, como diría el I Ching, no hay tacha: si está asumido que el artista siempre tiene de matryoshka. Molina es algo que dejó ya claro en sus inicios, por ejemplo, en ‘Almario’. Después, fue buscando un camino, su camino. Olfateando, olfateando. Armada con intuición, rebeldía, picardía, sensualidad, ambición, astucia, violencia y disposición para la lucha. Como el zorro. Y ahora está en medio del bosque, oyendo el susurro de los árboles… y siendo observada por miles de ojos que esperan de ella algo único. O quizás un disparo.

Rocío Molina en 'Bosque Ardora' (foto © Bienal / A. Acedo)
Rocío Molina en ‘Bosque Ardora’ (foto © Bienal / A. Acedo)

 

Silvia Calado para Globalflamenco.com

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